Tiempo de José Luis Díaz Caballero

Tiempo de José Luis Díaz Caballero
17
Jul

Tiempo de José Luis Díaz Caballero

Explicaba Carlos Fuentes sobre la estructura real y literaria del tiempo lo siguiente: «El pasado no existe. El presente no existe. Y el futuro ––el ansiado futuro sobre el que tanto teorizan los escritores–– es solo un acto estético de la imaginación». Decir que el tiempo es fugaz, o inexistente, supone una obviedad, pero su percepción lo es todo. El tiempo es objeto y también vacío. El tiempo es un cauce de medición que delata nuestra irrelevancia, pero también el hito extraordinario que supone la vida.

Observo a mi padre, por ejemplo, y percibo en su rostro arrugas que ayer no pude ver. Recupero nuestra vida juntos hace dos años y compruebo que la tragedia (nuestra y colectiva) es una nublada sucesión de recuerdos, algunos de difícil captura y otros, la mayoría, abocados al olvido prematuro.

Como escritores, el tiempo es el marco necesario en el que se desarrollan nuestras historias, pero también un recurso literario. No hay mejor herramienta que la elipsis para escribir en los márgenes del silencio, o para suscitar un punto de inflexión en la andadura de los personajes. En ocasiones, novelas muy breves abarcan larguísimos períodos ––tanto individuales como históricos–– y es grato percibir en la ausencia narrativa, es decir, en el correcto manejo de la elipsis, la misma maestría poética contenida en la palabra.

Hace unos meses, tuve la oportunidad de leer la primera novela del cineasta alemán Werner Herzog. Se titula El crepúsculo del mundo (Blackie Books, 2021), y narra la historia de un soldado japonés que recibe el mandato de custodiar una isla del pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, y que mantuvo su lucha cincuenta años después, convencido de que el conflicto aún no había terminado.

Es esta una novela breve, impropia de un cineasta acostumbrado al detalle, y en la que el tiempo, convertido en un personaje más, dialoga no solo con el protagonista, sino con el lector: junto a él avanzamos, junto a él retrocedemos y junto a él abordamos los caminos intemporales de la tierra. Pesan las páginas de esta historia porque rebosan tiempo imaginado. Pesan, porque el silencio del personaje, que también es nuestro, dilata las palabras que jamás existieron.

José Luis Díaz Caballero

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